Clase 5/05
Leé y/o escuchá la grabación del cuento "Ya no se escriben cartas de amor" de Miguel Angel Mufino.
1. Mirá el video en el que explico el final del relato y la diferencia entre autor y narrador.
2. ¿Cuál es la diferencia entre autor y narrador?
3. Tomando en cuenta el siguiente fragmento del cuento: "En el 71,72, la memoria es imprecisa, haciendo la sección de policiales de este diario, me tocó cubrir un singular asesinato", cuál creés que es la profesión del narrador que cuenta la historia?
4. ¿Coincide con la del autor?
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Ya no se escriben cartas de amor
No hace mucho, uno de mis hijos varones halló sobre el pupitre y casi escondida entre sus útiles, una cuidadosa hoja de cuaderno doblada en cuatro en la que se leía, en redonda letra femenina: "Te escribo porque te quiero". Por supuesto, el delicioso anónimo dejó en ascuas a mi hijo y hasta el momento no ha sido descubierta la apasionada y secreta corresponsal; aunque se sospecha arduamente de una pecosita dueña de dos arrebatadoras trenzas rubias.
Ya no se escriben cartas de amor, pensé.
El episodio me recordó que hacía demasiado tiempo que no tenía noticias de una carta que narrara exclusivamente esos acuciantes sucesos del corazón. Medio consternado, creí colegir que el teléfono, los casetes y el desamor por el hábito de escribir, bien podrían haber extinguido ese género atormentado y volcánico. Que ya nadie o muy pocos, humedecían un sobre y lo cerraban estremecidos, sumergidos en la ansiedad y el deseo por recibir una respuesta que los condenara a la dicha o a una definitiva pena.
Sentí un soplo de consuelo al saber que aún quedaba alguien, en la escuela de mi hijo, tan cerca de mí, empeñada en escribir cartas de amor.
Las cartas son la continuación de la caricia y del beso por otros medios –teoricé vagamente como un desencantado Clausewitz del amor– y de no ser escritas, el amor ha perdido la batalla.
Es que aquellas cartas escritas con tinta sangre del corazón –resumidas por los pringosos susurros de Rosamel Araya-parecen haber sido devoradas por una máquina tragamonedas. Ya ni siquiera quedan academias obstinadas en enseñar a redactar impecables almíbares postales, como Gaeta, notable cincelador de bailarines de tango, foxtrot, folklore, mambo y afiebrados escribidores malheridos y convalecientes de novias lejanas. Tampoco quedan rastros en los polvorientos escaparates de las librerías de viejo, aquellos textos abrumados de recetas para lograr la página perfecta o el adjetivo deslumbrante, cartas de amor no aptas para diabéticos.
Muchas de ellas, quién no lo sabe, cobraron el destello y el filo del puñal, para ingresarnos en el pecho hasta la empuñadura. Incluso, llegaron a matar.
En el 71 o 72, la memoria es imprecisa, haciendo la sección policiales de este diario, me tocó cubrir un singular asesinato.
Un automóvil viajaba rumbo a Sáenz Peña. Lo conducía un despreocupado señor acompañado por su esposa. La velocidad era de crucero, la mañana se deslizaba limpia y azul más allá de las ventanillas y sobre los campos, y tal vez, matizaban la rutinaria carretera escuchando radio o charlando de bueyes perdidos.
A unos veinte kilómetros de Resistencia, la silueta creciente de un ómnibus procedente de Sáenz Peña, rompió el plano del horizonte. El hombre llevó a la boca un cigarrillo, lo encendió, aspiró el humo ardiente y regresó al volante
Sonrió a su mujer sin saber que sería la última vez que la vería con vida.
Al cruzarse con el ómnibus, el hombre fue sacudido por un estruendo mientras el parabrisas del auto estallaba en mil añicos.
El vehículo pareció desbocarse y el hombre, cegado por el estupor, atinó a corregirlo sobre la banquina y detuvo la marcha. Giró su rostro preguntando a la mujer si se encontraba bien.
La respuesta fue el cráneo empapado en sangre de la esposa.
Enloquecido, la llamó, le gritó. No hubo caso: estaba muerta. Tenía hundido el hueso frontal.
El ómnibus, ya lejano, seguía su ruta.
La pesquisa policial, olisqueando entre los asientos del auto, halló un ensangrentado objeto: un bulón de vía de ferrocarril envuelto en un pañuelo. Apiñada en el bulón, se encontró una carta de amor escrita por una mujer.
La investigación, con el tiempo, puso las cosas en claro.
Una mujer casada mantenía relaciones con un hombre residente en el paraje del fatídico cruce. Ella viajaba ese día en el micro y como era habitual, al pasar por la zona arrojaba sus mensajes pasionales por la ventanilla, utilizando siempre un peso para que la clandestina correspondencia no fuera aleja- da por el viento.
La intersección del ómnibus y el automóvil produjo la casual desgracia. Ese día, la epístola se incrustó en otra mujer, ajena al idilio, y acaso no ajena, alguna vez, a las cartas de amor.
Pero, no todas han matado.
Felices, apremiadas, zozobrantes, angustiosas, cursis, estoicas o desesperadas, las cartas de amor no tienen –al parecer– quien las escriba.
Acaso por aquello que Ernesto Cardenal anotara: "con el número dos empieza la pena".
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Miguel Ángel Molfino
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Nació en Saladillo, Buenos Aires, pero vivió casi toda su vida en Resistencia. Periodista y publicista. Vivió en México entre 1996 y 2005.
Clase 8/05
Escribí dos oraciones en la que utilices los siguientes adjetivos del cuento que leímos la clase pasada:
Estremecido/a: Con el ánimo sobresaltado.
Rutinaria/o: Que se práctica por costumbre.
Escribí dos oraciones con los siguientes sustantivos del cuento:
Crucero: Viaje de placer en barco que dura varios días.
Corresponsal: Persona que intercambia cartas con otra.